En la soledad de mi cama
me pregunto:
¿por qué los estereotipos?,
¿por qué intentaron cambiarme?
Las preguntas llegan en silencio,
pero las respuestas no.
Sigo buscándolas
mientras me encuentro en un mar sin intención,
un mar que me muestra el dolor
sin suavizarlo.
El agua me baña,
el mar ruge,
y su ruido me recuerda
a quienes se reían de mi alegría,
a quienes minimizaron mis heridas
como si fueran exageraciones.
¿Cuántas veces tuve que esconder el dolor
por simples comparaciones,
por reclamos pequeños,
por minimizaciones constantes?
¿Cuántas veces callé
cuando dijeron:
“no la escuchemos,
hagamos como que no existe,
así se callará”?
¿Cuántas veces me pregunté
por qué no me escogieron,
por qué no me escuchan?
Tal vez mi voz sea insoportable,
tal vez chillona,
tal vez mi forma de ser incomode.
Lo entiendo.
Pero ¿por qué quieren cambiar
aquello que se volvió mi identidad?
Duele saber
que algunos a mi alrededor me odian
tanto como yo me odié alguna vez.
Pero duele más
sentirme juzgada,
buscada en fallas,
condenada por decisiones
que mi mente herida no supo comprender
ni proteger.
No supe huir.
No supe medir el daño.
Pero alguien me perdonó.
Y ese alguien fue Dios.
Me sostuvo en sus brazos
y me dijo:
“Te equivocaste,
pero yo te perdono”.
Entonces me pregunto:
¿por qué otros siguen juzgándome
como si fueran dioses?,
¿por qué me señalan errores
que intento dejar atrás?,
¿por qué no pueden aceptar
que estoy intentando cambiar?
¿Por qué no pudieron hacer
lo que Dios sí hizo?
Hay alguien a quien perdoné.
Y lo hice de verdad.
Pero me duele
verlo actuar como si nada,
como si intentar tocarme
hubiera sido un capricho sin consecuencias.
¿Por qué me habla
como si me conociera,
cuando al ofrecerle mi amistad
me mostró su verdadera careta?
Tal vez este poema
sea solo un desahogo.
Pero ¿cómo soltarlo
cuando me siento mirada
y juzgada por todos?
Este año prometí olvidar
versiones mías que no me cuidaron.
Pero cuando vi esas miradas
juzgándome en silencio,
entendí
por qué aún me duele tanto sanar.