Pensé que era solo una actividad,
una pausa inocente, un cambio de ritmo,
pero el miedo no avisa,
ni el abuso se presenta con banderas rojas.
Fui la única mujer en un juego sucio,
una ficha más en manos de un destino cruel.
Me tocó, me midió,
como si mi cuerpo fuera su propiedad,
como si mis no fueran un "sí" fácil.
Me defendí con palabras firmes,
con un perro que se interpuso entre nosotros,
con el peso de la dignidad rota
pero intacta.
Y aún así, su insistencia no se apagó,
me acosó como si el silencio fuera mi respuesta.
El 12 de mayo fue la gota final:
me abrazó por la fuerza,
intentó derribarme al suelo,
y en su insistencia, su toque se hizo violencia.
“Solo una vez”, decía.
Pero mi cuerpo nunca dio su consentimiento.
Lo que era un juego, se volvió una pesadilla,
y en su ausencia, el miedo seguía
donde él ya no estaba.
Correr me salvó,
pero el juicio de otros aún me alcanzó:
“¿Por qué no lo golpeaste?”,
“¿Y si te quiere?”.
Pero hoy, ya no soy la culpable.
Hoy sé que mi dolor es mío,
y mi fuerza también lo es.

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