Una fecha que pronto se aproxima,
un día marcado por algo especial:
el instante en que las luces se encendieron
para mostrar tu ser —valioso, maravilloso—,
aunque yo aún no podía verlo.
Una fecha con un número cualquiera,
pero que a mí me pesa como bandera.
Ese día, que ya casi vuelve a pasar,
fue cuando empezaste, sin hablar,
a ser mi madre, de forma sincera.
No fue un milagro ni gran explosión,
fue solo un momento en mi corazón.
A pesar de todo el dolor que viví,
vi una chispa escondida en ti,
que alguna vez me dio ilusión.
Sé que jamás pude contigo contar,
que me sentía invisible al pasar.
Y aunque me hería tu indiferencia fría,
te amaba en silencio cada día,
soñando un abrazo que no iba a llegar.
Dar mi vida por ti, lo haría sin dudar,
si eso pudiera tu alma sanar.
No porque fuiste todo lo que esperé,
sino porque en ti siempre busqué
la figura que nunca dejé de amar.
No es justo decir que nunca estuviste,
pues en cuerpo, sin duda, exististe.
Pero fuiste sombra cuando necesitaba luz,
un reflejo ausente, una cruz
que yo, sin querer, compartiste.
Me dolió no tener tus consejos sinceros,
ni tu voz calmando mis miedos certeros.
Me herían tus juicios, tan implacables,
por cosas pequeñas, tan vulnerables,
como si mis errores fueran fieros.
Sé que tal vez no fue tu intención,
y que ambas fallamos en la conexión.
Yo también me guardé lo que dolía,
fingí que estaba bien cada día,
y callé lo que pesaba en mi corazón.
Me dolió no poder decir: “te necesito”,
tragarme el llanto, sentirme un mito.
Y en vez de ti, buscar consuelo en extraños,
pasando por años y desengaños,
llevando mi alma al infinito.
Miraba a los lados, buscándote allí,
pero nunca te encontraba junto a mí.
Me hacía sentir poco, sin importancia,
como si mi dolor, en tu distancia,
no mereciera ni un "aquí".
Y aún así, madre, te sigo amando,
aunque por dentro siga llorando.
Porque el amor no siempre es presencia,
a veces se da entre la ausencia
y el anhelo que sigue esperando.
Yo también fallé, no pedí tu calor,
me encerré en mi propio dolor.
Te necesité, aunque lo disimulaba,
y mientras tanto, tú no mirabas,
porque solo veías mi exterior.
Reflejaba tristeza, dolor sin salida,
y tú solo veías mi sonrisa escondida.
Una niña que quiso ser suficiente,
pero que solo sintió ser indiferente
en los ojos de quien era su vida.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario