Érase una vez una chica callada,
jugando con barras blancas encantadas.
Allí encontraba su paz escondida,
un escape sutil de su herida.
Su adicción favorita: verlas brillar,
desaparecer y luego regresar.
Eran sus cómplices, su único abrigo,
aunque su piel pagara el castigo.
Cada vez que un filo lograba encontrar,
imaginaba su piel comenzar a sangrar.
Rojo intenso, como sueño encantado,
un arte secreto, oscuro y sellado.
Miraba las estrellas al anochecer,
y en su fulgor se volvía a perder.
Tan radiantes, tan rojas, tan suyas,
como las marcas que ocultaba con grullas.
De día fingía, de noche caía,
nadie notaba su melancolía.
“Está mal”, decían sin comprender
que el filo era todo lo que sabía tener.
Buscó consuelo en mil direcciones,
en palabras, en abrazos, en canciones.
Pero solo encontraba aquel resplandor,
de su arma fiel, brillante de dolor.
Intentó escapar de ese cruel lazo,
pero era su juego, su único abrazo.
Se volvió esclava del dulce filo,
que al herirla le hablaba al oído tranquilo.

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