Hoy vi a una señora bajar del bus
con la prisa en la mirada y el dólar en la mano.
No alcanzó a pagar.
No porque no quisiera,
no porque se hiciera la distraída.
Solo bajó…
Y cuando ya estaba en la calle,
con el billete listo,
ya era tarde,
porque el bus había partido.
Se sintió culpable.
Culpable por un dólar.
Por un gesto que nadie vio con atención,
pero que a ella le pesó como si fuera un crimen,
uno que condenó a un pobre vendedor.
Y me dolió.
Porque no era solo el dinero,
era su vergüenza,
su tristeza silenciosa,
su forma de pedir perdón al viento.
Aunque no era su intención,
lo percibió como el peor crimen,
y se condenó a sí misma…
sin querer.

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