El 14 de enero llegó mi verdad
Soltada tan cruda como la realidad,
buscando un consuelo
que, sin querer, encontré.
Pensé que no se daría cuenta,
que mis palabras pasarían desapercibidas,
pero fue más sabia que yo.
Descubrió la verdad en un nanosegundo.
Me miró con firmeza, con compasión,
y me dijo:"La sociedad te verá culpable,
pero no tienes culpa de nada."
Aunque sus palabras eran claras,
seguí sin creerlas.
Porque en el fondo de mi alma,
me sentía culpable.
Me brindó su apoyo,
me protegió del pasado,
me recordó que un acto sin consentimiento
es un abuso.
Que no debía temer las críticas,
que debía hablar,
dejar un precedente.
Porque a veces,
la obsesión de alguien
puede terminar muy mal.
Me dijo que las autoridades
debían conocer la verdad,
que tal vez no era la primera víctima,
que yo no era el problema,
que debía respetar mis límites...
aunque él fuera menor que yo
y no lo hizo.
Me pidió permiso para informar,
y yo, por miedo, dije que no.
Ella suspiró, me pidió disculpas,
y con voz firme dijo:"Lo debo hacer."
Yo le rogaba que no hablara,
pero ella insistió:"Debo hacerlo.
Tengo que hablar,
porque eres valiosa
y eso se debe respetar.
Porque no eres culpable de nada."
Le confesé que ya había contado esta historia,
pero sin que supieran que hablaba de mí.
Ella me miró sorprendida,
y con certeza respondió:"Es raro.
Porque cuando la escuché,
supe que hablabas de ti."
Y así lo hizo.
Habló.
Contó mi historia.
Pero nunca pasó.
Nunca sucedió.
Porque nadie tomó en cuenta mi dolor.

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