El atardecer es el ocaso
de mi tristeza, confidente
de todas mis desdichas.
Cada palabra pronunciada
es un deleite
que define mi ser.
Miro al cielo y veo sus colores,
que son tan grandes como mi dolor.
El sol se esconde, como alguna vez
lo hizo la sabiduría,
y las montañas me susurran
que las palabras se enredan
y que no existe sinfonía.
Pero yo sigo mirando el atardecer,
mientras mi tristeza agoniza su partida.
Me quedo con la paz del crepúsculo
y la promesa de un nuevo amanecer.

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